PRENSADOS

Universidad de Pamplona | Programa de Comunicación Social

Sembrar sin certeza

Crónica por: Karla Pérez | 15 de junio de 2026

Recolección manual de café

Recolección manual de café. Foto: Fredy Rojas

El día apenas comienza y la tierra aún guarda el frío de la madrugada. Una neblina ligera cubre los cultivos mientras el campo va despertando lentamente entre el canto de los pájaros y el sonido suave de los pasos sobre la tierra húmeda. En medio de ese paisaje, Fredy David Rojas recorre su finca con calma, observando las plantas, tocando la tierra con las manos como si en ese contacto pudiera entender lo que la cosecha le va a devolver. No es un gesto nuevo ni casual; es parte de una rutina que ha repetido durante años y que, en el campo, se convierte casi en una forma de leer el futuro.

Hace aproximadamente cinco años decidió dedicarse a la administración del cultivo de la tierra y, desde entonces, entendió que depender de un solo producto era un riesgo demasiado alto. Por eso su finca funciona como un sistema diverso y organizado a lo largo del año, donde cada temporada tiene su propio cultivo. En esta época domina el café, en variedades como senicafé y castilla, pero después llega el maíz, luego la arracacha o la papa, y durante todo el proceso también se mantienen la yuca, las hortalizas y los árboles frutales que ayudan a sostener tanto la producción como la vida dentro de la finca. Todo está pensado para resistir, aunque nunca con total certeza.

Recipientes de café

Recolección en recipientes de café en cereza. Foto: Fredy Rojas

"Si no se trabaja la tierra, los alimentos no llegan a la mesa", dice Fredy mientras observa los cultivos, con una voz tranquila pero firme que refleja una verdad que ha aprendido con los años. Sin embargo, entre la siembra y la cosecha existe un recorrido largo y lleno de dificultades que muchas veces no se ven desde afuera, pues no se trata solo de producir, sino de poder sacar el producto del campo, transportarlo, pagar peajes, enfrentar el estado de las vías y depender de intermediarios que terminan siendo parte obligatoria del proceso. "La mayor ganancia se la llevan ellos", afirma, sin enojo, pero con una claridad que deja ver la experiencia. Según la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), durante 2026 los costos de producción agrícola continuaron aumentando debido al precio de los fertilizantes, el transporte y otros insumos necesarios para el trabajo del campo. Esta situación ha hecho que producir sea cada vez más difícil para muchos campesinos, especialmente en la disminución de la mano de obra, ya que muchos jóvenes prefieren irse a las ciudades en busca de otras oportunidades.

En Colombia, esta realidad se vuelve aún más compleja al observar el aumento constante en los costos de producción. En 2026, los fertilizantes tuvieron incrementos significativos que en algunos casos superaron el 50 %, lo que significa que hoy producir la misma cantidad de antes requiere una inversión mucho mayor. Esto hace que el trabajo del campo se vuelva cada vez más exigente, porque, aunque los costos suben, el precio de venta no siempre acompaña ese aumento. Fredy lo resume de forma sencilla cuando dice que muchas veces invierte bastante pero no logra recuperar lo que gastó, y esa incertidumbre se repite en cada ciclo de cultivo.

El problema no solo está en la producción, sino también en la forma en que los alimentos llegan al consumidor. En una plaza de mercado en Pamplona, donde el movimiento es constante y las voces se mezclan con el sonido de las bolsas y los productos que se organizan sobre los puestos, trabaja María Fernanda Torres, comerciante desde hace más de ocho años. Ella recibe los productos del campo y los vende al consumidor final, y desde su experiencia explica que el precio no depende únicamente de lo que le costó producir al campesino, sino también de lo que llega ese día al mercado. Esto significa que, si hay abundancia de un producto como la arracacha, el precio baja, pero si hay escasez el precio sube sin que eso tenga relación directa con el esfuerzo del productor.

"En el campo, cada cosecha es una mezcla de esfuerzo, incertidumbre y esperanza, donde nunca hay una garantía absoluta de ganancia, pero tampoco una razón para dejar de intentarlo".

De vuelta en el campo, Fredy habla también de los cambios que ha notado con el paso del tiempo, especialmente en la disminución de la mano de obra. Cada vez es más difícil encontrar personas que quieran trabajar en la agricultura, lo que ha obligado a reducir la escala de los cultivos y a trabajar de manera más limitada para evitar pérdidas mayores. A esto se suma el clima, que sigue siendo uno de los factores más impredecibles, porque el invierno puede dañar los caminos y afectar la salida de los productos, mientras que el verano puede secar la tierra y aumentar los costos de producción.

A pesar de todo, Fredy continúa sembrando. No lo hace únicamente por necesidad económica sino porque siente una relación directa con la tierra que no ha perdido con el tiempo. "No tendría sentido tener una finca y no producir", dice con naturalidad, como si en esa frase se resumiera toda su forma de vida.

Al final, entre la finca y la plaza de mercado, entre quien siembra y quien vende, se revela una misma realidad que sostiene silenciosamente la vida cotidiana de las ciudades. Porque en el campo, sembrar no siempre significa ganar, pero dejar de hacerlo tampoco es una opción posible. Tal vez por eso el trabajo campesino está marcado por una incertidumbre constante: sembrar sin saber exactamente qué traerá el futuro, pero aun así seguir haciéndolo, porque de esa esperanza dependen no solo quienes trabajan la tierra sino también quienes todos los días se sientan a la mesa.