El frío que tejió la ruana que no se olvida
Crónica por: Liz Fonseca | 15 de junio de 2026
Iglesia de Nobsa cubierta con la ruana más grande del mundo. Foto: Liz Fonseca
Más que una prenda de abrigo, la ruana es un símbolo tejedor de recuerdos y cultura, especialmente en las tierras frías de Colombia. A pesar de los cambios del tiempo, el arte de tejer ruanas mantiene viva la tradición andina.
El olor a lana cruda se siente primero. Es un aroma denso, terroso, como si todavía cargara el campo encima. Dentro del taller Mi Viejo Telar, el tiempo no avanza igual; suena distinto, más lento, marcado por el golpe tras golpe seco y constante del telar de madera. Los dedos del maestro artesano se mueven con una destreza casi mística, repitiendo un patrón aprendido de generación en generación. Sin embargo, hay una historia en particular que detuvo el devenir cotidiano y quedó grabada en la memoria colectiva de la región.
Ocurrió en el año 2008, en el municipio de Nobsa, Boyacá. Allí no se tejió una ruana más; aquel acontecimiento marcó un antes y un después en la historia del diseño artesanal colombiano al confeccionarse la ruana más grande del mundo. Alrededor de cincuenta artesanos, liderados con rigurosidad por la familia Cristancho, trabajaron de forma ininterrumpida sobre una colosal pieza de 35 metros de largo por 20 de ancho, cuyo peso final rondó los 700 kilos.
Reconocimiento de los Récords Guinness. Foto: Liz Fonseca
Para lograr esta hazaña, se requirió esquilar la lana de más de 700 ovejas. Durante la celebración del Día Mundial de la Ruana de ese año, esa enorme superficie de tejido no cubrió un cuerpo humano: cubrió la estructura de la iglesia principal del pueblo, como si por un momento la tradición andina tuviera el poder de protegerlo todo bajo su manto.
A pesar del impacto de este hito arquitectónico y cultural, lo que parece eterno en el país casi siempre tiene fecha de corte. Aquella monumental pieza textil no sobrevivió intacta. Tal como se planeó desde su concepción para garantizar un beneficio comunitario, después de alcanzar el Reconocimiento de los Récords Guinness, la estructura fue fragmentada, cortada y distribuida. Este desenlace simbólico resuena con los estudios sobre patrimonio material de Artesanías de Colombia, los cuales advierten que la memoria colectiva a menudo sufre procesos de atomización frente a un mercado globalizado que prefiere fragmentar los saberes tradicionales antes que sostenerlos en su complejidad original.
Para comprender la magnitud de esta resistencia cultural, es necesario retroceder en la línea temporal de la indumentaria andina. Históricamente, la ruana ha sido el resultado de una hibridación cultural entre la manta chibcha y las capas españolas. No obstante, su valoración social ha transitado por caminos sinuosos.
"Hace unos veinte años, el que usaba ruana era visto con algo de vergüenza", recuerda con nostalgia Julio Ramón Cristancho.
En aquel periodo, llevar la prenda era sinónimo de campo, de atraso y de una ruralidad que las nuevas generaciones querían dejar atrás con urgencia.
El trabajo artesanal sigue vivo en el taller. Foto: Liz Fonseca
Hoy en día, la historia ha dado un giro irónico impulsado por las dinámicas de la moda contemporánea. "Ahora los de ruana son los de arriba: ejecutivos, figuras públicas y visitantes que llegan a los pueblos, compran la prenda, se toman la foto para sus redes sociales y se van", observa Julio con una lucidez crítica. En este panorama, la ruana se transformó en un objeto de distinción identitaria, pero al mismo tiempo cayó en las lógicas del consumo efímero.
Allí es donde radica la tensión más profunda del oficio: mientras los artesanos la tejen pacientemente durante días enteros entregando su salud en cada pisada del telar, otros la usan durante apenas unos minutos como un accesorio estético. Mientras unos la viven y la respiran como memoria viva, el mercado la reduce a una simple imagen de postal turística.
Aún con estas adversidades mercantiles, el oficio se niega a desaparecer en el anonimato. Al fondo del taller, se vislumbran rostros jóvenes observando, midiendo y aprendiendo los secretos del entrelazado. No son multitudes, pero representan el relevo generacional suficiente para que la herencia del telar horizontal no se rompa del todo. "Me da mucho orgullo que los muchachos quieran aprender", afirma Julio Ramón, no como quien busca un consuelo resignado, sino con la firmeza de quien ejerce un acto de resistencia cultural.
La ruana más grande del mundo ya no existe como una unidad física; fue absorbida por un entorno social que muchas veces no sabe valorar el tiempo de la manufactura. Sin embargo, su rastro permanece imborrable en la cotidianidad de Boyacá. Sigue viva en cada hilo de urdimbre repetido, en cada telar que no detiene su marcha y en cada mano campesina que insiste en mantener el legado. Afuera de las paredes del taller, el frío de la cordillera sigue siendo el mismo implacable de siempre. Adentro, el ritmo de las manos no cambia; recordándonos que lo que sobrevive al olvido no es lo que se conserva estático en una vitrina, sino lo que logra seguir tejiéndose día a día.