Las enjalmas bochalemeras
Crónica por: Neiler Martínez | 15 de junio de 2026
Rodolfo Martínez en su taller de talabartería. Foto: Neiler Martínez
El golpe del martillo sobre el metal interrumpe la quietud matutina en la población de Bochalema. Al interior de un negocio de talabartería, diversas personas laboran incesantemente. Algunas unen las telas, otras seccionan los insumos y otras rellenan los artículos que progresivamente adquieren su diseño final. El aroma a lona, piel y elementos de manufactura se entrelaza en el ambiente. En ese lugar, rodeada de instrumentos usados y vastos conocimientos, pervive una costumbre que gran parte de la juventud local ignora: la creación manual de enjalmas.
Ubicado ante su lugar de labor se encuentra Rodolfo Martínez, enfocado en rellenar el recubrimiento que luego será la parte principal del producto. Estas piezas actúan como cojines que se sitúan sobre la espalda de equinos y asnos para cuidarlos al momento de llevar bultos. Por medio de estas almohadillas, los cuadrúpedos logran transitar trayectos extensos sin lastimarse con las cargas agrícolas. A pesar de que en la actualidad hay vehículos modernos, en múltiples áreas campesinas continúan siendo fundamentales.
No obstante, el relato de las enjalmas de esta región no arranca en este sitio. Para hallar sus inicios es necesario retroceder varias décadas. Rodolfo contaba con solo diez años al ingresar a un establecimiento de este tipo. Por aquellos tiempos, las trochas campesinas rebosaban de bestias de carga que movilizaban papa, panela, café, maíz y caña entre las fincas.
"Inicié mis labores gracias a un familiar que me brindó el espacio para capacitarme en su negocio", rememora al tiempo que ubica una aguja en la superficie de madera.
Aquello que arrancó como un chance para colaborar económicamente en su hogar, se transformó en la vocación de su existencia entera. Por largo tiempo se capacitó en el arte de cortar, rellenar y unir las piezas, mirando atentamente a los artesanos más experimentados. Su niñez pasó rodeada de hilos, herramientas y extensos turnos laborales.
Tiempo después cumplió con el servicio militar. Pese a ello, al retornar a su pueblo retomó la labor que dominaba desde su juventud. En aquella ocasión optó por montar su propio negocio en compañía de su hermano Abel Colegial Martínez.
De este modo surgió la Talabartería Martínez, una modesta iniciativa familiar que con los años se posicionaría como una de las más prestigiosas del área. Aquel sueño de dos parientes se expandió debido a la excelencia de su manufactura y al voz a voz de los compradores.
Con el transcurrir de los calendarios, los productos hechos en esta zona empezaron a desplazarse mucho más allá de lo previsto. Alcanzaron distintos rincones de Colombia y, más tarde, traspasaron los límites nacionales rumbo a Perú y Ecuador.
Pese a los triunfos, este arte también lidió con transformaciones severas. El avance tecnológico en la ruralidad mermó la urgencia de usar bestias para tareas de siembra y transporte. Numerosos locales cerraron sus puertas y diversas costumbres pasaron al olvido. A pesar de este panorama, los dos hermanos optaron por perseverar.
En medio de la charla, Rodolfo carga una pieza finalizada. La contempla brevemente antes de ubicarla con las demás que aguardan su despacho. Para este artesano, cada creación significa bastante más que simple mercancía.
"Esta ha sido toda nuestra existencia. Da bastante satisfacción notar que aún existen personas que requieren nuestro trabajo", asegura el creador.
El día prosigue. El ruido de los artefactos inunda nuevamente el cuarto y los creadores retoman sus funciones. En las calles, la localidad mantiene su dinámica cotidiana. Al interior del recinto, por el contrario, los minutos parecen transcurrir con mayor lentitud.
En cada puntada reposa un fragmento del patrimonio de este municipio de Norte de Santander. Un relato edificado por ciudadanos que hallaron en este trabajo un medio de subsistencia y una vía para salvaguardar el folclore de su territorio. Debido a esto, mucho más allá de meros cojines protectores para bestias, estos elementos constituyen la imagen de un legado que persevera frente a la extinción.