Trabajar en lo que sea
Reportaje por: Liz Fonseca | 15 de junio de 2026
Ventas ambulantes en las frías calles de Pamplona. Foto: Liz Fonseca
A las cuatro de la mañana, cuando todavía hace ese frío implacable que se mete en los huesos, Ángela Mireya Castillo ya está despierta. Mientras la mayoría duerme en Pamplona, ella enciende la estufa, pone a hervir el agua y empieza a preparar lo que va a vender. Ángela no conoce de contratos, primas ni salarios fijos; su realidad se rige por una lógica mucho más elemental y cruda: si no vende, no hay comida en la mesa.
A sus 43 años, vive en una habitación pequeña en el barrio Simón Bolívar junto a sus dos hijos y su madre. Su historia en este municipio comenzó hace doce años, cuando llegó procedente de Chitagá, luego de que las inclementes heladas destruyeran los cultivos y sepultaran cualquier posibilidad de sostenerse en el campo. Desde entonces, la vida se transformó en una sola consigna: sobrevivir el día a día.
Hoy por hoy, Ángela acumula nueve años comerciando en el espacio público. No se trata de una elección vocacional, sino del único camino que le dejó la falta de oportunidades. "Eso no fue decisión, fue necesidad", evoca con firmeza. Antes de volcarse a los andenes, subsistía realizando oficios varios: lavaba ropa, cuidaba niños y planchaba en casas ajenas. Sin embargo, la intermitencia de esas labores hacía que la economía familiar fuera una ruleta rusa; había semanas con ingresos mínimos y otras en las que las billeteras quedaban completamente vacías.
Todo cambió un 7 de diciembre. Ese día, impulsada por la desesperación, Ángela salió a la calle con un termo prestado a vender tinto. Contra todo pronóstico, regresó a casa con 18.000 pesos en el bolsillo y, por primera vez en mucho tiempo, sus hijos pudieron cenar pollo. Ese pequeño triunfo la amarró a la calle para siempre.
Desde entonces, su rutina es un engranaje inamovible. Tras madrugar a cocinar y organizar el hogar, se instala antes del amanecer en la Plazuela Almeyda, donde ofrece tinto, aromáticas y empanadas. Allí permanece hasta las seis de la tarde, o incluso más, encadenando jornadas de hasta doce horas seguidas, la gran mayoría del tiempo de pie, caminando y desafiando el clima. En los días buenos, las ganancias pueden alcanzar los 60.000 o 70.000 pesos; no obstante, la incertidumbre acecha constantemente: "Hay días en los que apenas consigo 8.000 pesos, y con eso no alcanza para nada", relata Ángela, viendo cómo el arriendo, los servicios y los víveres se acumulan como deudas impagables.
El rebusque diario en el espacio público. Foto: Liz Fonseca
Por desalentador que parezca, este panorama no es un caso aislado. De acuerdo con las cifras más recientes del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), la tasa de informalidad laboral en Colombia supera el 55%, una problemática que se agudiza drásticamente en el departamento de Norte de Santander, donde el mototaxismo y las ventas ambulantes representan el principal sustento de miles de hogares. Para personas como Ángela, estas estadísticas se traducen en una vulnerabilidad absoluta: trabajar sin estabilidad, sin acceso a salud cotizada, sin cesantías y sin garantías de cara a la vejez.
A pesar de las adversidades, Ángela ha intentado romper este círculo vicioso. Ha tocado puertas en supermercados, restaurantes y empresas locales dejando su hoja de vida, pero las respuestas siempre tropiezan con las mismas barreras: le exigen niveles de estudio inalcanzables, experiencia formal certificada o la descartan de inmediato por un factor inapelable: la edad. "Que no sea mayor de 35 años", es lo que siempre me dicen. En una ocasión, tras soportar filas extenuantes bajo el sol, presenció el instante exacto en que arrojaban su postulación a la basura frente a sus ojos. "En momentos así, uno siente que no vale nada", confiesa con la voz entrecortada.
A la par del rechazo social, el asfalto cobra una alta factura biológica. Los dolores crónicos en las rodillas, la espalda y los pies son secuelas permanentes de su oficio, sumados a los fuertes cuadros gripales que debe ignorar porque su cuerpo no tiene el lujo de detenerse. En la economía informal rige una máxima implacable: día que no se trabaja, día que no se come. Con todo, el desgaste más agudo no es el físico, sino el mental. "Es la pensadera", puntualiza Ángela, refiriéndose a esa ansiedad constante que la asalta por las noches al no saber si mañana venderá lo suficiente para cubrir el techo o asegurar el bienestar de los suyos.
"Es saber que lo que comen mis hijos es sudado", explica, contrastando su orgullo con la indiferencia de los transeúntes que a menudo la ignoran, la esquivan o la juzgan en las aceras.
El motor que la mantiene en pie son sus hijos. "Yo no estudié, pero ellos sí van a estudiar", sentencia con orgullo, depositando en las aulas la esperanza de un relevo generacional diferente. Para ella, el concepto de "trabajar en lo que sea" está ligado intrínsecamente a la dignidad, entendida como el valor de ganar el pan con honestidad. Aún le duele el recuerdo de una mujer que, al pasar junto a su puesto, le susurró a su hijo que estudiara para no terminar como ella. Ángela calló y siguió sirviendo café; su silencio no fue sumisión, sino la resistencia de quien trabaja para vivir.
El horizonte de Ángela no está lleno de ambiciones desmedidas, sino de anhelos sencillos y profundos: un local pequeño, un empleo estable, un refugio donde la lluvia o el frío no amenacen el sustento diario. En definitiva, un rincón seguro.
Mientras ese día llega, cada jornada en Pamplona se reanuda bajo el mismo guion: antes de que el sol despunte sobre las montañas, el frío y el cansancio se funden con la necesidad imperiosa de salir a luchar. En este rincón de Colombia, "trabajar en lo que sea" no es, bajo ninguna circunstancia, una elección libre. Es el último salvavidas de dignidad que queda cuando el sistema cierra todas las demás puertas.