PRENSADOS

Universidad de Pamplona | Programa de Comunicación Social

El precio de compartir sin verificar

Columna por: Camila Cañas | 18 de junio de 2026

Ilustración sobre las fake news y la desinformación

El impacto de la desinformación en la era digital.

Un engaño puede demorar escasos segundos en alcanzar a multitudes; lamentablemente, esta es la cruda verdad de las noticias falsas en la época digital: materiales ficticios que se propagan rápidamente y que, frecuentemente, acaban siendo tomados como verdades sin recibir ningún cuestionamiento.

En un ecosistema regido por las interacciones, lo que es tendencia y la inmediatez, da la impresión de que ya no importa si un hecho es real, sino su capacidad de volverse viral. Y es justamente allí donde nace el conflicto mayor: al dejar de dudar sobre lo que observamos, le damos paso libre a la desinformación.

En mi calidad de estudiante de Comunicación Social, resulta imposible no reflexionar sobre la carga que recae en quienes deseamos laborar en el ámbito informativo. El oficio periodístico tendría que funcionar como un tamiz, un lugar donde los sucesos se cruzan, se comprueban y se exponen éticamente. No obstante, las plataformas digitales, los sistemas algorítmicos y el afán continuo por publicar antes que nadie han alterado el modo en que asimilamos las noticias. Percibo que a menudo la velocidad le está arrebatando el lugar a la veracidad.

Lo más alarmante radica en que las fake news no sirven únicamente para mentir, sino que acarrean efectos palpables. Una investigación llevada a cabo por académicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y divulgada por la revista Science en el año 2018, determinó que los reportes inventados poseen un 70 % más de opciones de ser replicados que los auténticos. Al conocer esa cifra, comprendí que la tergiversación informativa trasciende a un mero dilema cibernético: constituye un fenómeno con el poder de moldear nuestro pensamiento, nuestras emociones y nuestras elecciones.

Sumado a esto, las notas inventadas no solamente confunden, sino que además separan a la sociedad. Infunden temor, validan estereotipos y nutren la radicalización. Todo esto ocurre de una manera tan discreta que en múltiples ocasiones ni siquiera lo notamos.

Replicamos un contenido sin terminar de leerlo, damos por cierto un encabezado sin revisar su origen o respondemos de manera impulsiva debido a que la publicación reafirma una idea que ya teníamos. En ese instante dejamos la postura de simples observadores y pasamos a integrar, sin desearlo, el ciclo de la falsedad. Debido a esto, considero que la culpa no recae de forma exclusiva sobre los generadores de engaños, sino que también nos compete a los que absorbemos contenidos a diario.

"Aprender a dudar se ha transformado en una destreza tan fundamental como saber leer", destaca la urgencia de la alfabetización mediática para que el público logre evaluar los contenidos en la web.

Como próxima profesional de las comunicaciones, creo que la labor de informar no se resume en transmitir datos. Informar conlleva entender el peso que acarrea cada frase, cada encabezado y cada post. Implica adoptar un compromiso con la certeza, aun cuando llevarlo a cabo demande un lapso mayor y un esfuerzo superior al simple hecho de difundir lo primero que salta en la pantalla.

Dentro de un mundo saturado de información, la confianza pasó a ser uno de los recursos más preciados y, a la vez, más frágiles. Quizá el verdadero desafío no consiste únicamente en pelear contra la desinformación, sino en rescatar la credibilidad de las noticias. Y estoy convencida de que dicha transformación arranca con una acción muy sencilla: pausar unos instantes antes de compartir un enlace, confirmar antes de dar por cierto y tener presente que tras cada reporte existe una responsabilidad que nos atañe a todos.