La libertad que se compra
Columna de opinión por: José Mendoza | 18 de junio de 2026
La libertad de prensa frente a los intereses corporativos.
Un portal de noticias surge libre, o al menos tal es la utopía romántica que le da origen. Aparece con el propósito de examinar el entorno, de contarlo de manera sincera, de perturbar a quienes mandan cuando hace falta y de acortar las distancias de inequidad que se amparan en la mudez.
En sus inicios, entendemos la labor periodística como un enlace entre la realidad y la gente: un escenario donde los datos fluyen para que la comunidad logre entenderse, evaluarse y evolucionar. No obstante, estimo que dicha autonomía primigenia es una ilusión que difícilmente se mantiene pura una vez que el proyecto ingresa a la cruda dinámica comercial y de la propiedad corporativa.
El control corporativo sobre la información pública.
Desde mi perspectiva, la autonomía de las plataformas informativas sufre un duro golpe cuando sus posturas editoriales obedecen a beneficios financieros y partidistas de ciertos individuos, transformando la noticia en una herramienta de control en lugar de un servicio a la gente.
Semejante alteración no siempre se da de manera directa ni bajo el esquema clásico del amordazamiento dictatorial —aquel que veta, cierra o penaliza de forma física—. A menudo toma matices más cautelosos, mucho más elaborados y, por ende, más complejos de detectar para el habitante promedio.
"El silenciamiento moderno no se trata de bloquear una publicación; se trata de elegir, bajo parámetros de utilidad, qué amerita el centro de las miradas y qué tiene que ser hundido en la amnesia".
Tal dinámica trae repercusiones hondas en nuestro quehacer ciudadano. La prensa no se limita a reportar: además estructura el diálogo colectivo, determinando qué tópicos analizamos en las casas, en las aulas de Pamplona y en los escenarios gubernamentales. El riesgo latente no radica solo en la alteración evidente, sino en un aspecto mucho más invisible: la edificación de un límite estrecho sobre lo que se puede debatir. A la larga, acabamos discutiendo acaloradamente sobre polémicas menores o la intimidad de los famosos, en tanto que las fallas de fondo de nuestra zona continúan invisibles.
No me refiero a suposiciones en el aire; esta es la cotidianidad de América Latina. El académico francés Pierre Bourdieu alertaba en su texto Sobre la televisión que los aparatos de difusión masiva propenden a ocultar los verdaderos choques sociales cuando se hallan sujetos al lucro monetario.
Si observamos nuestro propio territorio, Colombia, la preocupante monopolización de las empresas comunicativas salta a la vista: de acuerdo al seguimiento de Reporters Sans Frontières y la FECOLPER, tres inmensos grupos financieros dominan el 57% de los canales con mayor alcance a nivel nacional. Una muestra evidente, respaldada por la plataforma La Silla Vacía, se dio cuando el Grupo Aval compró una destacada cadena del país; desde ese instante, las indagaciones en torno al sonado caso de sobornos de Odebrecht —que involucraba de frente a firmas de aquel emporio económico— padecieron una drástica caída de exposición y un tratamiento sumamente dócil en sus titulares.
La situación en el sur del continente no difiere demasiado. En territorio argentino, el asunto del Grupo Clarín representa la muestra perfecta de cómo un emporio de la comunicación logra dictar la pauta de toda una nación. En medio de los debates por la normativa de Servicios de Comunicación Audiovisual, esa inmensa corporación impulsó una presión judicial y comunicativa implacable para detener la venta de sus activos, evidenciando que su meta principal era resguardar su poderío comercial por sobre la garantía ciudadana a una información diversa.
Tal como lo indica el académico Martín Becerra en su texto De la concentración a la convergencia, en el momento en que una sola entidad maneja la señal de cable, los diarios, las emisoras y la red, la libertad para opinar abandona su carácter de derecho ciudadano y se vuelve una ventaja empresarial.
Resulta inaceptable continuar operando como meros consumidores pasivos de una pauta noticiosa estructurada al gusto de los poderosos. Si la independencia editorial tiene precio, el sistema democrático pasa a ser un mero cuento del mercado. Nos toca a nosotros, en nuestro rol de universitarios, habitantes y consumidores analíticos, reclamar un oficio que retome su esencia primordial: la de incomodar, la de interpelar y, especialmente, la de ser leal de forma exclusiva a la realidad y a la ciudadanía.