El motor invisible de la economía pamplonesa
Columna de opinión por: Liz Fonseca | 18 de junio de 2026
Cuando se debate sobre los pilares económicos de Pamplona, es común escuchar que los reflectores se los lleven el comercio local, la gastronomía tradicional o el valor histórico del turismo religioso. Sin embargo, desde mi perspectiva, existe un engranaje estratégico que sostiene discretamente a toda esta actividad y que, de manera alarmante, las administraciones locales suelen ignorar con complacencia: el transporte intermunicipal. Considero con firmeza que el transporte intermunicipal es el principal motor económico de Pamplona, y resulta inaceptable que no se le otorgue la relevancia ni la inversión que legítimamente merece dentro de la agenda pública.
Nuestra economía local es relativamente pequeña, pero posee una dinámica sumamente viva gracias a una condición innegable: dependemos de la circulación constante de personas. Estudiantes, comerciantes, trabajadores y pacientes médicos necesitan ingresar y salir del municipio diariamente. Para mí, las rutas de buses y colectivos no son un simple servicio logístico de movilidad; constituyen el verdadero sistema circulatorio que oxigena las finanzas pamplonesas.
No se trata de una apreciación subjetiva. Si analizamos las cifras históricas del Ministerio de Transporte y los reportes de flujo de las terminales de la región, la provincia de Pamplona moviliza miles de pasajeros mensuales que dinamizan directamente el comercio. Cada viajero que pisa el municipio es un cliente potencial que consume en restaurantes, compra en las tiendas de barrio, utiliza servicios locales y genera un efecto multiplicador en la economía informal.
Asimismo, he observado el drama del sector agropecuario: nuestros productores de la provincia dependen exclusivamente de la eficiencia de estas redes viales para trasladar sus cosechas a mercados mayores como Cúcuta o Bucaramanga.
"Siento que pensar en el futuro de Pamplona ignorando la calidad y accesibilidad de sus rutas de conexión es un acto de ceguera institucional".
A pesar de esta realidad matemática, me genera profunda preocupación ver cómo el transporte terrestre rara vez se discute con seriedad dentro de los planes de desarrollo municipal. Se da por sentado de forma irresponsable que las rutas siempre estarán disponibles y que el equilibrio se mantendrá solo. No obstante, sostengo que cualquier alteración en el precio de los combustibles, el abandono de la infraestructura vial o las crisis económicas nacionales pueden quebrar de inmediato este frágil ecosistema local, dejando a Pamplona en un aislamiento financiero catastrófico.
Frente a este escenario, es urgente dejar de concebir la movilidad regional como un negocio de particulares y empezar a tratarla como lo que realmente es: una infraestructura económica de carácter estratégico.
Las rutas que nos conectan con el resto de Colombia no solo mueven buses; mueven el sustento de nuestras familias. Por ello, cierro con una pregunta indispensable para la reflexión colectiva: ¿esperaremos a que el sistema de transporte colapse por completo para entender que de él depende nuestra propia supervivencia económica? La alcaldía y la ciudadanía tienen la palabra; es hora de encender y proteger nuestro motor invisible.