La imposición del silencio
Editorial por: María Sierra | 18 de junio de 2026
María Sierra reflexiona sobre los límites invisibles de la libertad de expresión.
En el papel, la libre expresión se encuentra respaldada a nivel nacional. La Carta Magna de Colombia asegura la potestad de manifestar y compartir ideas sin restricciones previas. Pese a ello, en la realidad cotidiana ese postulado suele verse frenado por el temor, la coerción del entorno o las eventuales repercusiones de las palabras emitidas.
Un caso evidente se observa tras la firma de los acuerdos de paz, con las amenazas hacia comunicadores que persisten en la actualidad, causando que una gran parte opte por esquivar asuntos espinosos para salvaguardar su integridad. Durante el año 2019 se documentaron centenares de agresiones a reporteros en el territorio nacional, evidenciando que la labor informativa aún acarrea peligros latentes.
En el contexto colombiano debatimos bastante sobre la censura, pero rara vez admitimos otra variante que también restringe, con la distinción de que somos nosotros mismos quienes la aplicamos. A menudo sucede por discordancia de posturas; el pánico a ser juzgados, a las disputas o a represalias provoca que innumerables opiniones permanezcan calladas.
Desde mi perspectiva, callar por voluntad propia resulta casi tan perjudicial como la mordaza externa. En el momento en que los ciudadanos renuncian a manifestar su sentir, la discusión ciudadana pierde valor y la comunidad desaprovecha la ocasión de indagar, debatir y edificar planteamientos diversos.
"Por tal motivo, considero que proteger la libre opinión no implica únicamente que no existan vetos para hablar, sino que tengamos la capacidad de hacerlo sin padecer pánico por nuestras propias frases."
Sin embargo, esta mordaza autoimpuesta no se limita a las salas de redacción. Se manifiesta de igual forma en la rutina diaria. Numerosos individuos eligen guardar sus puntos de vista respecto a la política, dilemas comunitarios o hasta sobre su sentir auténtico, ya que comprenden que sus declaraciones podrían desencadenar roces o señalamientos. En ocasiones, enmudecer se vuelve un escudo protector.
Todo lo anterior deja en evidencia que el amordazamiento no siempre se presenta como un veto explícito. A veces se camufla como temor, hostigamiento o puro pragmatismo. Y cuando eso sucede, la represión interna acaba lastimando la discusión colectiva y la oportunidad de forjar una colectividad con mayor criterio.